Habilidades para sobrevivir

Habilidades para sobrevivir

 

Recorrer la fábrica de Willy Wonka produce cierta fascinación, tanto por los atractivos productos que allí se elaboran y los sentidos perciben, como por los personajes que aparecen y, sobre todo, por la perfección técnica que viene a subrayar la deshumanización de las máquinas. La película comienza con la contemplación de unas imágenes de animación que representan la cadena de elaboración de los productos Wonka (nos recuerdan las máquinas del creador de Eduardo Manostijeras). Todo es perfecto, como lo será la cascada de chocolate, la sala de televisión o el ascensor de cristal. Pero advertimos enseguida que no es suficiente con los pequeños Oompa-Loompa o las ágiles ardillas para dotar de humanidad el ambiente fabril, que junto a la fábrica de frutos secos del Sr. Salt (Salts&Nuts) y la de pasta de dientes (Smilex) en la que trabaja el padre de Charlie, nos aportan un natural apunte de la influencia del maquinismo en nuestras vidas, como hiciera Chaplin (“Tiempos Modernos”, 1936) y de la producción rígidamente estructurada, según las directrices del neocapitalismo liberal, como sugiriera Billy Wilder (“El apartamento”, 1960) o Jacques Tati (“Play Time”, 1967). 

Personaje Veruca Salt“¿Sabíais que al comer chocolate se liberan endorfinas y se tiene la misma sensación que cuando se está enamorado?”, pregunta el Sr. Wonka respondiendo a Violet que no entiende el motivo de la risa de los Oompa-Loompa. Acaso estos pequeños seres de rostro idéntico (en relato de Dahl son pigmeos importados de África; los hombres se cubren con piel de ciervo; las mujeres, con hojas y los niños van desnudos), algo traviesos y amantes de la música y el baile, sean una especie protegida en vías de extinción, preservada por Willy Wonka de su final masticaorugas. O bien una pieza más de la maquinaria de su fábrica, con ese rostro multiplicado que no permite la singularidad. 

Nuestros jóvenes amigos, acompañados de sus padres, recorren la fábrica. No saben que también carecen de singularidad, excepto Charlie. Esa perfección estética en combinación con las máquinas, los inventos y los dulces y apetitosos productos, les producen una atracción irresistible porque no han sido educados en el autocontrol, en la tolerancia ante la frustración, en unos hábitos saludables y solidarios… Es decir, no poseen ciertas habilidades para la vida que les permitirían sobrevivir en este microcosmos que no es sino la representación de los peligros que debemos sortear cotidianamente. No poseen un adecuado conocimiento de sí mismos; se comportan de forma egoísta y sin empatía, su comunicación no es asertiva y ocasionan la ruptura de las relaciones interpersonales; toman decisiones erróneas y precipitadas; los conflictos les superan y no saben afrontarlos; finalmente, carecen de un pensamiento creativo que les permita razonar de forma correcta y ser críticos ante sí mismos y ante lo que les rodea. 

Todo lo anterior nos hace pensar que existe una crítica evidente sobre la educación de los hijos, desde la intransigencia hasta la permisividad. Como se trata de un cuento, los malos deben ser castigados y simbólicamente  Veruca y su padre son arrojados al pozo por las ardillas que distinguen lo bueno de lo malo, mientras los Oompa Loompa cantan: “Quién la ha mimado, di quién fue / quién le da todo lo que ve / quién ha hecho de ella un animal / quién la ha criado así de mal / Culpables son, triste verdad, los buenos de mamá y papá”. En el libro de Roald Dahl los niños son acompañados por el padre y la madre, así Tim Burton se excusó unos actores y concentró el simbolismo.